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En 2016, Colombia perdió 178.597 hectáreas de bosque natural. Proyectos agropecuarios, cultivos ilícitos, construcción de carreteras, minería y tala ilegal son algunas de las amenazas. Foto: IDEAM

Proyectos que no necesariamente tienen un impacto positivo se llevan la mayor tajada económica.

En septiembre del 2014, la Declaración de Nueva York sobre los Bosques trazó diez objetivos que buscan proteger, conservar y mejorar el estado de salud de los bosques naturales del planeta. Gobiernos, empresas, organizaciones no gubernamentales (ONG) y comunidades indígenas se comprometieron, de manera ambiciosa, a reducir la deforestación a la mitad para el año 2020, y a cero para 2030. 

Se planteó la necesidad de reforestar más de 350 millones de hectáreas de bosques y tierras de cultivo que están degradadas –una superficie mayor que la India–, lo que supondría eliminar la emisión de entre 4.500 y 8.800 millones de toneladas de CO2 a la atmósfera anualmente, si se cumple al pie de la letra la hoja de ruta.

Pero alcanzar estas metas no ha sido sencillo, más cuando un factor sigue retumbando y generando tanta controversia: la plata. Las metas 8 y 9 de la Declaración tienen que ver precisamente con las estrategias de financiación y los incentivos económicos para aquellos países que demuestren resultados sustanciales que ayuden a reducir las emisiones del sector forestal. Si bien hay avances prometedores, estos ecosistemas parecen no ser, todavía, lo suficientemente importantes en la lucha contra el cambio climático.

La financiación total para estos dos objetivos ha sido de aproximadamente 20.000 millones de dólares desde el 2010, una cantidad marginal si se la compara con los 777.000 millones de dólares que le han llegado al sector de la tierra –principalmente a la ganadería y cultivos de soja y aceite de palma–, que puede o no tener resultados positivos sobre los bosques. Así lo advierte el último informe de Climate Focus, presentado a finales del año pasado durante la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático (COP23), en Alemania.

Este dinero es insuficiente y no refleja la importancia de los bosques como parte de la solución climática para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero”, dice la compañía, especializada en proyectos de mitigación y adaptación ante el cambio climático. “Para tener al menos un 50 por ciento de posibilidades de limitar el calentamiento global a 1,5 °C, como se planteó en el Acuerdo de París, las emisiones del sector de la tierra deben ser cero para 2050. Para lograrlo, la deforestación, actualmente responsable de 2.270 millones de toneladas métricas de dióxido de carbono (MtonCO2) por año, deberá detenerse tan pronto como sea posible”.

El principal desafío, plantean los investigadores, consiste en transferir los miles de millones de dólares que le llegan al sector agrícola –que en gran medida impulsa la deforestación y degradación de los ecosistemas– a la silvicultura sostenible, amigable con la naturaleza. ¿El reto? A los primeros les llega 40 veces más dinero internacional que a los segundos.

“Estos valores verdes (los que tienen como destino la protección de los bosques y el clima) se ven pequeños al lado del financiamiento gris (donde no se tiene un objetivo declarado de impacto positivo en los bosques) que apoya los sectores que impulsan la deforestación. La agricultura representa entre el 53 y el 80 por ciento de la deforestación mundial, mientras que cuatro productos básicos (aceite de palma, soja, carne de res y maderas) contribuyen con el 40 por ciento”, advierte el documento.

Tomado de: Periódico El Espectador.

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