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Una garceta blanca de patas negras caza en mitad del río Manzanares. Ajena al ruido de la gente que pasea a 20 metros de ella, mira hacia el agua y espera a su presa. Inmóvil. Un ruiseñor bastardo emite cinco sonidos y echa a volar. Le siguen unos ocho detrás. Unos metros más adelante, en la orilla, aparece otra ave de tamaño pequeño, una lavandera blanca. Parece observar una familia de patos que acaba de planear sobre las aguas transparentes, de unos 30 centímetros de profundidad, de este río que transcurre por Madrid capital a lo largo de 7,5 kilómetros. Hace sol y hay vida dentro del río y alrededor de él.

La renaturalización del Manzanares ha cambiado la estampa madrileña hasta tal punto que ha sorprendido a propios y extraños. Ni políticos, ni ecologistas ni vecinos esperaban tal explosión de la naturaleza.

La flora y la fauna han emergido a un ritmo tan trepidante como inusual y en dos años han llenado el cauce de 50 especies de aves, centenares de peces y 2 mil ejemplares de árboles autóctonos (censados hasta el momento) que desde hacía décadas no se veían en esos 7,5 kilómetros de este río que nace en la sierra de Guadarrama, en el norte, y desemboca, tras 92 kilómetros de recorrido, en el río Jarama, en el término municipal de Rivas-Vaciamadrid, al sur.

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