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Son las 11 de la mañana del último viernes del mes. En la Institución Educativa “José María Obando” del municipio de El Rosal, los 1.400 alumnos de la jornada de la mañana entran a la ultima hora de clases, algo cansados por la jornada, por lo que anhelan salir al descanso semanal. Sin embargo, en el aula 303, la situación es diferente: 35 niños con edades entre los 9 y 11 años se alistan para una actividad que no solo esperan con ansia, sino que la han preparado a lo largo del mes.

En un rincón del salón, en medio de carteleras, pupitres y elementos didácticos, sobresalen paquetes con papel, cartón, botellas, empaques de huevos entre otros, que los chicos han recolectado en sus casas o con vecinos, que ya los conocen como “los ángeles del reciclaje”. Este proyecto hace parte de una iniciativa liderada por la profesora Claudia Patricia Gómez Guzmán, una rosaluna de cuna y ancestro, docente hace 18 años, licenciada en educación preescolar y con especialización en medio ambiente, que, desde sus primeros años, cuando El Rosal era solo una inspección de Subachoque, cuidaba su entorno familiar, el agua, los árboles y la fauna.

El pueblo era relativamente tranquilo, sin embargo, cuando hace 25 años El Rosal se convirtió en municipio, vino el crecimiento y con él los temas ambientales, y la falta de conciencia en los hogares por el manejo inadecuado de los residuos, tanto en las casas como en las instituciones educativas.

Claudia entonces se convirtió en una líder a nivel municipal. Junto a la CAR y a la administración, se vinculó al Comité Interinstitucional De Educación Ambiental (CIDEA) municipal, y desde allí nació la iniciativa de promover en ese municipio un proyecto educativo, que hoy ha dado sus frutos y que hace que los últimos viernes de cada mes se promueva una jornada de reciclaje en el municipio, y que el coliseo se convierta en un gran centro de acopio donde se recibe material y se entrega a las empresas de recuperadores.

Sin embargo, el tema no estaba concluido para esta inquieta docente. Desde su pedagogía empezó a inculcar en sus alumnos la importancia del reciclaje y como una tarea, les propuso contribuir con los viernes de reciclaje municipal, contando con la participación de los padres de familia. Así, durante todo el mes, los chicos recorren su entorno familiar y de barrio, recolectando todo aquello que se pueda reducir, recuperar o reciclar, y lo van llevando al aula de clase.

Por eso la última hora del último viernes de cada mes, es diferente en el plantel. Ante una orden de Claudia como movidos por un hilo conductor, estos pequeños toman los paquetes y bultos de material, y como un bólido corren hacia el patio del primer piso, lo dejan allí, forman y esperan a Claudia que, siempre seria, con su mirada severa y su disciplina a flor de piel, les forma en grupos y les indica que deben proseguir.

No termina de dar la orden cuando ya estos angelitos están depositando el material en el piso y lo empiezan a seleccionar por grupos: cartón, papel, y revistas que se detienen a leer por un momento; envolturas de huevo, botellas claras y botellas oscuras, envases de cartón de jugos y leche y envases de detergentes. Los encargados de las botellas, antes de pisarlas saben que deben extraer las tapas que ya tienen destino: la profesora Natali, otra docente que se las lleva para venderlas y contribuir a una fundación de niños con cáncer.

Son las 11:30 A.M., ya se ha seleccionado el material, vuelven a formar y la profe Claudia toma un descanso para limpiar el sudor que corre por su blanca piel. Pero falta aún la última parte. Nuevamente les da la orden y los chicos, lejos del cansancio, entre risas y juegos, proceden a empacar lo seleccionado en bolsas, y el cartón y las cubetas de huevos en paquetes que sean acordes a la capacidad que puedan cargar.

Nueva formación y en segundos, en una ordenada fila, salen del plantel, siempre de la mano de Claudia, recorren unos 200 metros hasta el coliseo donde ya los conocen. En el camino ya son acompañados por varios padres de familia y curiosos que aplauden a estos niños. Dentro del complejo deportivo se dirigen por un estrecho corredor hasta el depósito donde dejan el material.

Son las 11:55 A.M., “terminó la actividad por hoy,” dice la profe Claudia con un tono de alegría, cansancio, pero también de satisfacción. Algunos regresan con sus padres desde el lugar, otros vuelven al plantel donde más tarde los recogerán.

Durante una hora, sesenta minutos del último viernes de cada mes, se cumple este rito, este juego para los niños y esta actividad responsable para una docente, para una mujer que ha entregado su vida no solo a la enseñanza sino también a promover educación ambiental. Claudia sabe que llegará a su casa cansada a compartir con su familia, pero sabiendo que estos niños, como los jóvenes que hace 5 años pasaron por su aula, ya comienzan a replicar el modelo.

Y en su hogar, Kevin, Wendy, Natali, Janier y sus demás alumnos comenzarán de nuevo su tarea de recoger una botella, de pedir al tendero la caja de cartón o la cubeta de huevos, porque en sus infantiles mentes está ya fija la conciencia de trabajar por un mundo mejor.

Tomado de: Sala de prensa CAR

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