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Que hayamos pasado meses encerrados en casa para detener la expansión del SARS-CoV-2 ha brindado a los científicos una oportunidad sin precedentes. Una alianza global de científicos analiza los efectos de la disminución de la actividad humana en el comportamiento de los animales en busca de formas de compartir el planeta más beneficiosas para todos. A la costa oriental de la India cada año llegan en primavera miles de tortugas de Ridley, en grave peligro de extinción, para desovar. Este año, sin embargo, se ha producido un hecho insólito en décadas: la mayoría de los millones de los animales nacidos ha logrado llegar al mar, sanos y salvos.

El confinamiento humano debido a la pandemia de COVID-19 redujo a mínimos el tráfico en las grandes carreteras cercanas a esas playas, cuyas luces suelen despistar y atraer a estos reptiles, y provocar que muchas tortugas mueran, machacadas. Tampoco faenaban los barcos de pesca, de manera que, al menos esta vez, no se quedaron atrapadas en sus redes, una de las causas más importantes de mortalidad. Que los humanos hayamos pasado casi tres meses encerrados en casa para detener la expansión del SARS-CoV-2 ha afectado a la vida salvaje del planeta y ha brindado a los científicos una oportunidad única y sin precedentes para estudiar el impacto que nuestra actividad tiene sobre nuestros vecinos.

Por ello, investigadores de todo el planeta se han unido en una ambiciosa iniciativa sin precedentes, a la que han llamado “Iniciativa de biomonitoraje COVID-19”, y que tiene por objetivo investigar el movimiento de los animales, su comportamiento y niveles de estrés antes, durante y después del confinamiento. Para ello, usarán los datos obtenidos mediante dispositivos electrónicos en miniatura colocados en los animales y sistemas de satélite que biólogos en todo el planeta ya utilizaban antes de que comenzara la pandemia del coronavirus para estudiar especies.

Tomado de: Diario El Espectador

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